Por Rodrigo Calcagni, Presidente
de PPCh
En el artículo “Lugares naturales
y calidad de vida: una propuesta para integrar lo natural y
lo social", elaborado por Diego García, Pablo Villarroel,
Karl Yunis y Rodrigo Calcagni y publicado el año 1999
por Ambiente y Desarrollo, quisimos manifestar una idea fuerza:
la tierra está viva y nosotros vivimos en ella y de ella.
En perspectiva, revisitando esa publicación, comparto
hoy como ciudadano mi reflexión sobre este tema.
Nuestras conductas individuales y colectivas están dañando
el tejido de vida que nos sostiene. La pérdida de hábitat,
la Amenaza y extinción de especies, la expansión
de las fronteras “humanas” en los espacios naturales
son señales claras de una crisis. Crisis que está
al centro, en el corazón del modelo político y
económico, anidada en el relato dominante: el ser humano
domina (explota) la tierra, compite para ganar. Consumo y riquezas
materiales son sinónimos de bienestar. Como dice Coca
Cola: “más y más”.
Lo paradójico es que la misma organización económica
que está destruyendo los Recursos naturales, no puede
existir sin ellos: son la base sobre la que todo el resto del
edificio se sostiene. Sin los servicios ambientales que nos
proporcionan los ecosistemas locales no tendríamos agua,
aire, suelos, es decir, las condiciones materiales necesarias
para la vida humana tal como la conocemos. El paradigma en que
nos movemos nos hace exitosos si tenemos dinero. Estamos viviendo
el cuento de la gallina de los huevos de oro.
Revisar la forma en que estamos actuando, comprender sus causas,
nos debería llevar naturalmente a tener una actitud de
cuidado en todos los lugares y en actividades. Pero como humanidad
estamos viviendo en una contradicción: no cuidamos a
quien nos cuida. Por poner un solo ejemplo: el congreso de EE.UU.
acaba de aprobar su presupuesto de “defensa”, el
cual bordea los 450 mil billones de dólares para un año.
Parece ser que su respuesta principal ante la necesidad de cuidar
su vida como país, y asegurar el bienestar presente y
futuro de sus habitantes, fuera: más armas. Eso es una
lectura de mundo, a eso le llamamos crisis de la democracia
y del mercado como “modelos organizadores de realidad”.
Si la mitad de eso fuera repartido para estrategias de conservación
de 100 países es posible que tuviéramos un cambio
global importante.
Mantengamos la idea un momento: a Chile, por ejemplo, le tocan
2 mil millones de dólares para implementar una estrategia
nacional de conservación de su Biodiversidad. Evidentemente
podríamos hacer muchas cosas. Pero EE.UU. no lo hace,
Europa no lo hace y Chile no lo hace. Los gobiernos y las personas
que toman las decisiones parecen tener su corazón y su
entendimiento y sus intereses en otro lado.
Como individuos y organizaciones debemos revisar la presión
desmedida que estamos ejerciendo sobre los sistemas naturales
y preguntarnos: ¿qué nos lleva a actuar de esta
forma y qué necesitamos para modificarla y comenzar a
habitar en otro paradigma?
Una explicación es que no estamos entendiendo de forma
cabal lo que hacemos, las consecuencias de nuestras acciones.
Si contáramos con información precisa para comprender
cuál es el estado de los ecosistemas en que directamente
habitamos: qué procesos vitales están siendo afectados,
cuáles son las tendencias históricas de los cambios
en curso, qué significa todo esto para nosotros y nuestra
calidad de vida, y cómo impacta a las demás especies.
Esta información podría sustentar un proceso gradual
de comprensión y aumento de la conciencia sobre la importancia
de cuidar los ecosistemas, a la vez que fundamentar las decisiones
de inversión pública y privada y ocupar un lugar
central en el sistema de educación.
Pero aún no tenemos diagnósticos precisos de
que lo que hay localmente, en qué estado se encuentra,
quiénes son los vecinos interesados en conservar, cuáles
acciones de protección están resultando más
efectivas, dónde están ocurriendo las mayores
presiones sobre los recursos. Ver esto y dimensionar sus efectos
sería un importante avance. Por eso en Chile necesitamos
con urgencia el trabajo de científicos que desarrollen
representaciones espaciales de ecosistemas y las hagan disponibles
para todos los cuidadanos. Esto es, “mapear la vida”
y generar información y formación sobre especies,
dónde viven, en qué estado se encuentran y por
dónde debemos actuar.
Al mismo tiempo, necesitamos explorar en cómo vincular
distintas experiencias de conservación in situ de la
biodiversidad y Manejo sustentable de recursos naturales, y
tejerlas en redes. Ha llegado el tiempo del reconocimiento y
la unión entre los que creemos necesario y posible un
cambio profundo, que implique el entendimiento y la relación
entre nosotros y con la tierra. No podemos esperar recursos
o iniciativas importantes para la conservación de parte
del gobierno en este momento. La gran tarea es crear alianzas
que alimenten cambios organizacionales y generen acciones grupales.
Después de escribir el artículo citado en el
año 1999, hemos estado trabajando y adquiriendo experiencias
que pueden constituirse como señales del cambio que buscamos.
Escribir ese artículo nos conmovió. Dijimos que
era posible lograr que grupos de intereses públicos y
privados, trabajando unidos, llegaran a crear redes de lugares
naturales conectadas entre sí por corredores y Senderos
donde experimentar manejos adaptativos, diferentes métodos
para proteger, restaurar y crear zonas de amortiguación
y corredores biológicos. Estas propuestas siguen vigentes
y han inspirado varias acciones. En todas as que he sido parte
se han creado redes de acción. Creo que revisar esta
experiencia puede animar a más personas a participar
activamente y crear formas prácticas de cuidar proteger
la naturaleza.
Después del 6º Encuentro Científico del
Medio Ambiente, organizado por CIPMA el año 1999, Aarón
Cavieres, que en ese momento trabajaba en CONAMA, comentó
nuestra ponencia1, me invitó a una conversación
en su oficina. En nuestra propuesta convocábamos a la
creación de una red de senderos que conectaban la plaza
a parques públicos y privados de todo el país.
Imaginábamos esta iniciativa como un acto simbólico:
veíamos a Chile movilizado en una tarea común:
tejer sus senderos, conectar a sus gentes y conectarnos a todos
con nuestro patrimonio natural. Aarón vio en eso un programa
de gobierno lo propuso y así nació la construcción
del Sendero de Chile.
Más tarde, el año 2002, con amigos de varias
organizaciones dedicadas a la conservación decidimos
convocar a un congreso a personas y organizaciones bajo el lema
“Conversar para Conservar”. De allí nació
el Primer Encuentro Chileno de Conservación Privada de
Tierras, que se realizó en Pucón en noviembre
de 2002, y al que llegaron cerca de doscientas personas representando
a unas 100 experiencias de conservación privada. Fue
una experiencia muy bella. Creo que una comunidad de personas
que decide conservar debe tener espacios para reunirse, para
compartir, para aprender, para conectarse con aquello que cree.
Todo ese encuentro para mi fue una experiencia de conexión,
con un valor fundante. Nos vimos como una comunidad, un grupo
trabajando para la conservación. Pienso que esta acción
motivó e inspiró a quienes participamos y seguramente
hay muchas acciones en curso que se alimentaron de ese experiencia.
Uno de los participantes dijo: me voy con la cabeza y el corazón
lleno de semillas. Sé que en adelante y cuando llegue
el momento irán brotando.
Una tercera experiencia es PPCh. Las mismas personas que escribimos
ese artículo, más otras personas muy cercanas,
decidimos formar una Corporación que buscara explícitamente
tejer una red de lugares públicos y privados en nuestro
país. Nuestro enfoque es trabajar para el desarrollo
de Áreas Privadas Protegidas ( APP) y su conectividad
con el SNASPE. En PPch convergieron principalmente dos equipos
de trabajo; uno que venía de CIPMA, particularmente del
proyecto CIPMA-FMAM, liderado por Claudia Sepúlveda y
Alberto Tacón, y otro menos estructurado, del que Karl
Yunis y yo éramos los permanentes. Los temas en que estamos
trabajando son claves en dos sentidos: se trata de experiencias
reales de conservación (creación de áreas,
Planes de Manejo y conectividad física y humana), y son
“elementos” de un modelo de conservación
a escala nacional. Son prácticas y a la vez buscan inspirar
otras acciones. A continuación menciono dos ejemplos
que ilustran estas prácticas.
En primer lugar está el Centro para la Biodiversidad
de PPCh, que se dedica a crear una base de información
sobre ecosistemas relevantes en la IX, X y XI Región.
El proyecto básico es la creación de una bandeja
portadora capaz de recoger información sobre biodiversidad
en una base de datos estandarizada y común. Se trata
de un modelo de elevación digital que compatibiliza la
información pública existente y la ofrece al público
para conocer su lugar y entender el impacto de sus decisiones
sobre sus recursos naturales. Realizamos un proyecto piloto
con el Gobierno Regional de Aysén que hoy cuenta con
este modelo.
Para conservar se debe antes entender el lugar; quiénes
viven ahí, qué requieren, en qué estado
está. Para esto necesitamos información científica
precisa y pública que pueda medir en el tiempo la salud
de los ecosistemas y de especies entendidas como sistemas o
hebras del tejido vital. Chile no cuenta con esta información.
Queremos mostrar que se puede, que es necesario y que si no
contamos con mediciones podemos hablar mucho pero estamos en
el aire. Nuestro gran desafío es lograr que servicios
públicos responsables elaboren y ofrezcan información
sobre la vida en nuestro país. Entre tanto, estamos haciéndolo
con los recursos que tenemos.
Desde el Centro para la Biodiversidad estamos impulsando el
Corredor Biológico Namuncahue. Se trata de un sector
de la IX Región, comprendido entre los lagos Villarrica,
Colico y Caburgua conde se conservan aún Bosques templados
de tipo Valdiviano de alto valor por su pristinidad. Representan
el 11% de lo que queda en la región. Se trata de conectar
dos reservas administradas por CONAF, Quelhue y Quelembre que
son parte de la Reserva Forestal Villarrica. El proyecto supone
un trabajo mancomunado entre vecinos y CONAF. PPCh está
animando esta acción y ha generado la información
básica para entender el valor y los recursos del lugar.
En esta experiencia nos interesa conservar ese Ecosistema. Nos
damos cuenta que esto sólo posible si los vecinos y propietarios
se unen.
Proyectos como estos nos muestran que la conservación
requiere de personas, de organizaciones locales, de servicios
públicos, de privados con y sin fines de lucro trabajando
unidos. No es fácil, pues topamos con muchos obstáculos.
Encontramos falta de confianza y temores, encontramos enfermedades
sociales como el cahuín, el alcoholismo. También
nos cuesta conseguir recursos para sostener estas ideas. Pero
igualmente sabemos que nosotros las elegimos y estamos en esto
por que en esto creemos.
Soy optimista. No porque crea que está todo bien. Más
bien, como he dicho, porque aún creyendo que hay muchas
cosas que están mal y que la tendencia no es precisamente
la más acertada, veo que gente real y concreta se da
cuenta, cambia, se organiza. También baso mi optimismo
en ver que la ciencia ha creado instrumentos que nos permiten
entender mejor qué está pasando. Optimista porque
sé que buscamos democracia, justicia, equidad. Valores
que tenemos grabados en nosotros. Optimista al fin, porque he
experimentado que cuando dos o más se reúnen y
comparten, algo nuevo nace, crece y se multiplica.
Hemos visto crecer el amor de las personas por los ríos,
las playas, los bosques, los glaciares, el mar. Si cada vez
más personas se encantan con la tierra, mas querrán
cuidarla, de distintas maneras. A cuatro años del artículo
sigo apostando a la vida en abundancia. Ahora me pregunto, ¿qué
tiene que ocurrir para generar un vuelco en la manera que Chile
cuida su patrimonio natural? Mejorar nuestra institucionalidad.
Nuestro Sistema Nacional de Áreas Silvestres Protegidas
del Estado está en crisis, tanto institucional, como
organizacionalmente, de recursos e incluso de sentido. Como
país somos ricos en naturaleza, apostamos al turismo
basado en naturaleza, pero no contamos con una organización
competente para administrar lo que es de todos.
Muchas acciones están en curso, tejerlas es el desafío.
Referencia
Link con pdf: Calcagni, R., C. Yunis, D. García, &
P. Villarroel (1999). “Lugares naturales y calidad de
vida: una propuesta para integrar `lo natural´ y `lo social´.
Ambiente y Desarrollo XV (1 y 2):93-103 (debo conseguirlo).
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