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Lugares naturales y calidad de vida PDF Imprimir E-Mail
sábado, 12 de junio de 2004

Por Rodrigo Calcagni, Presidente de PPCh


En el artículo “Lugares naturales y calidad de vida: una propuesta para integrar lo natural y lo social", elaborado por Diego García, Pablo Villarroel, Karl Yunis y Rodrigo Calcagni y publicado el año 1999 por Ambiente y Desarrollo, quisimos manifestar una idea fuerza: la tierra está viva y nosotros vivimos en ella y de ella. En perspectiva, revisitando esa publicación, comparto hoy como ciudadano mi reflexión sobre este tema.


Nuestras conductas individuales y colectivas están dañando el tejido de vida que nos sostiene. La pérdida de hábitat, la Amenaza y extinción de especies, la expansión de las fronteras “humanas” en los espacios naturales son señales claras de una crisis. Crisis que está al centro, en el corazón del modelo político y económico, anidada en el relato dominante: el ser humano domina (explota) la tierra, compite para ganar. Consumo y riquezas materiales son sinónimos de bienestar. Como dice Coca Cola: “más y más”.

Lo paradójico es que la misma organización económica que está destruyendo los Recursos naturales, no puede existir sin ellos: son la base sobre la que todo el resto del edificio se sostiene. Sin los servicios ambientales que nos proporcionan los ecosistemas locales no tendríamos agua, aire, suelos, es decir, las condiciones materiales necesarias para la vida humana tal como la conocemos. El paradigma en que nos movemos nos hace exitosos si tenemos dinero. Estamos viviendo el cuento de la gallina de los huevos de oro.


Revisar la forma en que estamos actuando, comprender sus causas, nos debería llevar naturalmente a tener una actitud de cuidado en todos los lugares y en actividades. Pero como humanidad estamos viviendo en una contradicción: no cuidamos a quien nos cuida. Por poner un solo ejemplo: el congreso de EE.UU. acaba de aprobar su presupuesto de “defensa”, el cual bordea los 450 mil billones de dólares para un año. Parece ser que su respuesta principal ante la necesidad de cuidar su vida como país, y asegurar el bienestar presente y futuro de sus habitantes, fuera: más armas. Eso es una lectura de mundo, a eso le llamamos crisis de la democracia y del mercado como “modelos organizadores de realidad”. Si la mitad de eso fuera repartido para estrategias de conservación de 100 países es posible que tuviéramos un cambio global importante.


Mantengamos la idea un momento: a Chile, por ejemplo, le tocan 2 mil millones de dólares para implementar una estrategia nacional de conservación de su Biodiversidad. Evidentemente podríamos hacer muchas cosas. Pero EE.UU. no lo hace, Europa no lo hace y Chile no lo hace. Los gobiernos y las personas que toman las decisiones parecen tener su corazón y su entendimiento y sus intereses en otro lado.


Como individuos y organizaciones debemos revisar la presión desmedida que estamos ejerciendo sobre los sistemas naturales y preguntarnos: ¿qué nos lleva a actuar de esta forma y qué necesitamos para modificarla y comenzar a habitar en otro paradigma?


Una explicación es que no estamos entendiendo de forma cabal lo que hacemos, las consecuencias de nuestras acciones. Si contáramos con información precisa para comprender cuál es el estado de los ecosistemas en que directamente habitamos: qué procesos vitales están siendo afectados, cuáles son las tendencias históricas de los cambios en curso, qué significa todo esto para nosotros y nuestra calidad de vida, y cómo impacta a las demás especies. Esta información podría sustentar un proceso gradual de comprensión y aumento de la conciencia sobre la importancia de cuidar los ecosistemas, a la vez que fundamentar las decisiones de inversión pública y privada y ocupar un lugar central en el sistema de educación.


Pero aún no tenemos diagnósticos precisos de que lo que hay localmente, en qué estado se encuentra, quiénes son los vecinos interesados en conservar, cuáles acciones de protección están resultando más efectivas, dónde están ocurriendo las mayores presiones sobre los recursos. Ver esto y dimensionar sus efectos sería un importante avance. Por eso en Chile necesitamos con urgencia el trabajo de científicos que desarrollen representaciones espaciales de ecosistemas y las hagan disponibles para todos los cuidadanos. Esto es, “mapear la vida” y generar información y formación sobre especies, dónde viven, en qué estado se encuentran y por dónde debemos actuar.


Al mismo tiempo, necesitamos explorar en cómo vincular distintas experiencias de conservación in situ de la biodiversidad y Manejo sustentable de recursos naturales, y tejerlas en redes. Ha llegado el tiempo del reconocimiento y la unión entre los que creemos necesario y posible un cambio profundo, que implique el entendimiento y la relación entre nosotros y con la tierra. No podemos esperar recursos o iniciativas importantes para la conservación de parte del gobierno en este momento. La gran tarea es crear alianzas que alimenten cambios organizacionales y generen acciones grupales.


Después de escribir el artículo citado en el año 1999, hemos estado trabajando y adquiriendo experiencias que pueden constituirse como señales del cambio que buscamos. Escribir ese artículo nos conmovió. Dijimos que era posible lograr que grupos de intereses públicos y privados, trabajando unidos, llegaran a crear redes de lugares naturales conectadas entre sí por corredores y Senderos donde experimentar manejos adaptativos, diferentes métodos para proteger, restaurar y crear zonas de amortiguación y corredores biológicos. Estas propuestas siguen vigentes y han inspirado varias acciones. En todas as que he sido parte se han creado redes de acción. Creo que revisar esta experiencia puede animar a más personas a participar activamente y crear formas prácticas de cuidar proteger la naturaleza.


Después del 6º Encuentro Científico del Medio Ambiente, organizado por CIPMA el año 1999, Aarón Cavieres, que en ese momento trabajaba en CONAMA, comentó nuestra ponencia1, me invitó a una conversación en su oficina. En nuestra propuesta convocábamos a la creación de una red de senderos que conectaban la plaza a parques públicos y privados de todo el país. Imaginábamos esta iniciativa como un acto simbólico: veíamos a Chile movilizado en una tarea común: tejer sus senderos, conectar a sus gentes y conectarnos a todos con nuestro patrimonio natural. Aarón vio en eso un programa de gobierno lo propuso y así nació la construcción del Sendero de Chile.


Más tarde, el año 2002, con amigos de varias organizaciones dedicadas a la conservación decidimos convocar a un congreso a personas y organizaciones bajo el lema “Conversar para Conservar”. De allí nació el Primer Encuentro Chileno de Conservación Privada de Tierras, que se realizó en Pucón en noviembre de 2002, y al que llegaron cerca de doscientas personas representando a unas 100 experiencias de conservación privada. Fue una experiencia muy bella. Creo que una comunidad de personas que decide conservar debe tener espacios para reunirse, para compartir, para aprender, para conectarse con aquello que cree. Todo ese encuentro para mi fue una experiencia de conexión, con un valor fundante. Nos vimos como una comunidad, un grupo trabajando para la conservación. Pienso que esta acción motivó e inspiró a quienes participamos y seguramente hay muchas acciones en curso que se alimentaron de ese experiencia. Uno de los participantes dijo: me voy con la cabeza y el corazón lleno de semillas. Sé que en adelante y cuando llegue el momento irán brotando.


Una tercera experiencia es PPCh. Las mismas personas que escribimos ese artículo, más otras personas muy cercanas, decidimos formar una Corporación que buscara explícitamente tejer una red de lugares públicos y privados en nuestro país. Nuestro enfoque es trabajar para el desarrollo de Áreas Privadas Protegidas (APP) y su conectividad con el SNASPE. En PPch convergieron principalmente dos equipos de trabajo; uno que venía de CIPMA, particularmente del proyecto CIPMA-FMAM, liderado por Claudia Sepúlveda y Alberto Tacón, y otro menos estructurado, del que Karl Yunis y yo éramos los permanentes. Los temas en que estamos trabajando son claves en dos sentidos: se trata de experiencias reales de conservación (creación de áreas, Planes de Manejo y conectividad física y humana), y son “elementos” de un modelo de conservación a escala nacional. Son prácticas y a la vez buscan inspirar otras acciones. A continuación menciono dos ejemplos que ilustran estas prácticas.


En primer lugar está el Centro para la Biodiversidad de PPCh, que se dedica a crear una base de información sobre ecosistemas relevantes en la IX, X y XI Región. El proyecto básico es la creación de una bandeja portadora capaz de recoger información sobre biodiversidad en una base de datos estandarizada y común. Se trata de un modelo de elevación digital que compatibiliza la información pública existente y la ofrece al público para conocer su lugar y entender el impacto de sus decisiones sobre sus recursos naturales. Realizamos un proyecto piloto con el Gobierno Regional de Aysén que hoy cuenta con este modelo.


Para conservar se debe antes entender el lugar; quiénes viven ahí, qué requieren, en qué estado está. Para esto necesitamos información científica precisa y pública que pueda medir en el tiempo la salud de los ecosistemas y de especies entendidas como sistemas o hebras del tejido vital. Chile no cuenta con esta información. Queremos mostrar que se puede, que es necesario y que si no contamos con mediciones podemos hablar mucho pero estamos en el aire. Nuestro gran desafío es lograr que servicios públicos responsables elaboren y ofrezcan información sobre la vida en nuestro país. Entre tanto, estamos haciéndolo con los recursos que tenemos.


Desde el Centro para la Biodiversidad estamos impulsando el Corredor Biológico Namuncahue. Se trata de un sector de la IX Región, comprendido entre los lagos Villarrica, Colico y Caburgua conde se conservan aún Bosques templados de tipo Valdiviano de alto valor por su pristinidad. Representan el 11% de lo que queda en la región. Se trata de conectar dos reservas administradas por CONAF, Quelhue y Quelembre que son parte de la Reserva Forestal Villarrica. El proyecto supone un trabajo mancomunado entre vecinos y CONAF. PPCh está animando esta acción y ha generado la información básica para entender el valor y los recursos del lugar. En esta experiencia nos interesa conservar ese Ecosistema. Nos damos cuenta que esto sólo posible si los vecinos y propietarios se unen.


Proyectos como estos nos muestran que la conservación requiere de personas, de organizaciones locales, de servicios públicos, de privados con y sin fines de lucro trabajando unidos. No es fácil, pues topamos con muchos obstáculos. Encontramos falta de confianza y temores, encontramos enfermedades sociales como el cahuín, el alcoholismo. También nos cuesta conseguir recursos para sostener estas ideas. Pero igualmente sabemos que nosotros las elegimos y estamos en esto por que en esto creemos.


Soy optimista. No porque crea que está todo bien. Más bien, como he dicho, porque aún creyendo que hay muchas cosas que están mal y que la tendencia no es precisamente la más acertada, veo que gente real y concreta se da cuenta, cambia, se organiza. También baso mi optimismo en ver que la ciencia ha creado instrumentos que nos permiten entender mejor qué está pasando. Optimista porque sé que buscamos democracia, justicia, equidad. Valores que tenemos grabados en nosotros. Optimista al fin, porque he experimentado que cuando dos o más se reúnen y comparten, algo nuevo nace, crece y se multiplica.


Hemos visto crecer el amor de las personas por los ríos, las playas, los bosques, los glaciares, el mar. Si cada vez más personas se encantan con la tierra, mas querrán cuidarla, de distintas maneras. A cuatro años del artículo sigo apostando a la vida en abundancia. Ahora me pregunto, ¿qué tiene que ocurrir para generar un vuelco en la manera que Chile cuida su patrimonio natural? Mejorar nuestra institucionalidad.


Nuestro Sistema Nacional de Áreas Silvestres Protegidas del Estado está en crisis, tanto institucional, como organizacionalmente, de recursos e incluso de sentido. Como país somos ricos en naturaleza, apostamos al turismo basado en naturaleza, pero no contamos con una organización competente para administrar lo que es de todos.


Muchas acciones están en curso, tejerlas es el desafío.


Referencia
Link con pdf: Calcagni, R., C. Yunis, D. García, & P. Villarroel (1999). “Lugares naturales y calidad de vida: una propuesta para integrar `lo natural´ y `lo social´. Ambiente y Desarrollo XV (1 y 2):93-103 (debo conseguirlo).




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“Cada acción de conservación que emprendamos puede proteger una hebra del tejido de la vida que nos sostiene”

 
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